LUCIA Y LA TERAPIA

                 “Lo más difícil en este mundo es adoptar la postura de un guerrero. De nada sirve estar triste, quejarse o decir que alguien nos está haciendo mal. Nadie está haciéndole nada a nadie, y mucho menos a un guerrero.

    Hay muchas cosas que un guerrero puede hacer, llegado un determinado momento, que no podía hacer algunos años atrás. No fueron las cosas las que cambiaron: lo que cambió fue la idea que el guerrero tenía de sí mismo”.

                                                                                                                             Carlos Castañeda

 

No parecía el mismo parque, aunque pronto reparó en el magnolio que le cobijaba aquella tarde en que pidió el teléfono de la psicóloga a Elena. El árbol había florecido como ella, que también era como los magnolios de crecimiento lento. Todavía seguían allí el viejo banco y el arroyo artificial. Recordó a las palomas, que le acompañaron mientras realizaba esa llamada que cambió su vida a mejor. Alguna de ellas habrá muerto, como su dolor que se había ido lejos volando. Sonriendo acarició a Naia que le había acompañado estos meses de búsqueda. La perra, adivinando que iban a estar un buen rato en ese banco, se acomodó a sus pies y se adormiló. Hacía casi un año que fue a aquel refugió y adoptó a su compañera salvándose ambas mutuamente. Le llamó Naia, el dibujo en vascuence que se hace en los campos de hierba cuando sopla el viento. Y eso quería que fuera el paso de la gente por su vida, una amable visita, que acaricia pero no marca, nunca una honda cicatriz como casi pasó con Juan.

Lucía había querido volver a ese rincón para hacer memoria, enumerar una por una las enseñanzas de su terapia y despedirse de Juan aunque no lo tuviera delante.

Durante estos largos meses de montaña rusa aprendió que ir a terapia no era lo que ella pensaba ni los demás le sugerían cuando comenzó con las sesiones. El Psicólogo tampoco te dice lo que tienes que hacer, te ayuda a darte cuenta de lo que estás pensando, sintiendo y haciendo en el aquí y el ahora. Aprendió que a terapia no se iba sólo a desahogarse, sino a trabajar en uno mismo, en la búsqueda de tus capacidades y habilidades, encontrando también nuevas herramientas para hacer las cosas de manera diferente.

Aprendió a desaprender algunos comportamientos dañinos,  porque todos no es posible. A saber por qué reaccionaba ante ciertas cosas y personas y a girar. A observarse. Pero también aprendió a darle menos vueltas a las cosas y a actuar más.

Aprendió a analizar las situaciones haciéndose preguntas. ¿Me conviene de alguna manera el papel de víctima en esta historia? ¿He tenido cierta responsabilidad en este resultado? Aprendió que somos responsables de muchas de las cosas que nos pasan y que acusamos a la mala suerte, a un ente divino o incluso al azar. Nosotros hemos ido poniendo las piedras en el caminito para que esto suceda.

Aprendió a pedir sin servirse de la debilidad, porque entendió que en ocasiones la utilizamos como una forma de chantaje para que los demás nos saquen las castañas del fuego.

Aprendió a quejarse sin herir hablando desde el YO y dejando a un lado las descalificaciones del TÚ. Si explicaba al otro como se sentía en ciertas situaciones, no lastimaba con el insulto.

Aprendió que los demás no siempre adivinan como nos sentimos. Que es bueno adelantarse contando lo que necesitamos evitando así el enfado si el otro no tiene dotes adivinatorias.

Aprendió a estar menos pendiente de lo que hace el resto del mundo y fijarse más en lo que estaba haciendo ella. Al principio le parecía muy difícil, pero acabó cogiéndole el truquillo. Para reconducir su cabeza tenía una frase comodín: ”Lucííía, a tus cositas” Procuraba así cambiar el “¿qué estará haciendo Fulanito?”, por el “¿qué estoy haciendo yo”. Porque pronto entendió que estar siempre pendiente de lo que hacen o no hacen los demás es la excusa perfecta para no ocuparse de lo que se quiere o se debe hacer y uno no se atreve. No hay nada como culpar a los demás de que no nos salgan las cosas.

Aprendió a observar cómo se hablaba a sí misma, si era un lenguaje interior cariñoso y de ánimo que le daba fuerzas para hacer cosas o por el contrario era un lenguaje exigente y criticón. Aprendió a cambiar “los debería” por “los estaría bien” Aprendió a perdonarse a sí misma, a entenderse y a no darse tanta caña. Aprendió a jugar con “los depende” y a darle un hueco en su vida a “los relativos”.

Aprendió que existen miedos que se arrastran de generación en generación y que es necesario cortar esa cadena. Que muchas de nuestras creencias son verdades absolutas que mamamos de quienes nos cuidaron y que ahora es sano cuestionarlas. Todos necesitamos tomarnos un tiempo para entender cómo y dónde crecieron quienes nos cuidaron y quienes les cuidaron a ellos. Tal vez crecieron en un ambiente de desconfianza, de hambre y miedo. ¿Con qué frases hechas basadas en esta angustia convivimos de pequeños?

Aprendió a valorar y a perdonar a sus padres, a reconocerles que habían hecho lo que habían podido y sabido y a darles gracias por todo. Por lo que hicieron bien y por lo que no tanto. Todo llega, y todo sirve.

Aprendió que cumplir siempre las expectativas de los demás es una forma de esclavizarse y de caminar atado por el caminito que han trazado para ti. Tras entender esto poco a poco empezó a decir NO. Las primeras veces le costó un mundo, pero el alivio era tan grande que le servía de empujón para las siguientes veces.

Aprendió que la autoestima se va formando desde niños y que si hay carencias la buscamos en la aceptación ajena y cada vez queremos más porque ese vacío así no lo llenaremos nunca.

Aprendió a que es un juego peligroso poner tu valía en manos de la aceptación de los demás, porque quien no te ha reconocido de niño, es difícil que lo vaya a hacer más tarde. Puedes hacer malabares, puedes construirle castillos de oro blanco, puedes subir la montaña más alta. Seguirás yendo como la polilla hacia la luz y no conseguirás nada, solo más magulladura en cada intento.

Aprendió que las relaciones duran lo que duran, que todas tienen su fecha de caducidad y que nada es para siempre. Que nadie merece las migajas de otro. A partir de ahora trabajaría para tener una relación sana, entre iguales.

Aprendió que es un error intentar cambiar al otro, una cosa es negociar las cosas, intentar limar comportamientos, pero la esencia es la esencia. Cuantas batallas perdidas porque el otro se ajuste al molde que creamos para él.

Aprendió que todavía existe mucha presión para que una mujer no esté sola y no se salga de la senda  “novio, marido, hijos”. Que somos las propias mujeres las que no dejamos que esto cambie. Aprendió a disfrutar de pequeñas parcelas de soledad elegida, donde cultivaba nuevas aficiones que no se le daban nada mal.

Aprendió que nunca es tarde para desempolvar una carrera que años atrás aprobó con nota y guardó en el armario de las chicas monas que se casan y no trabajan. Aprendió también que nunca es tarde para recuperar viejas amigas que aparcó a un ladito porque en su vida sólo había sitio para Juan.

Aprendió a desprenderse y soltar. Aprendió a despedirse. Por eso quiso volver al parque y buscar el arroyito.

 

Había guardado con delicadeza las cenizas en una cajita con forma de mariposa, y aunque quemó la carta, la noche anterior, se acordaba una a una de sus palabras. Palabras que salieron solas sin necesidad de buscarlas, tiempo atrás, cuando salía revuelta de terapia y  volvía a casa andando para masticarlo.

 

“Juanito, te escribo esta carta que nunca leerás. No es para ti, la necesito para mí, como una liberación.  Necesito este ritual de despedida para cerrar tu puerta, abrir la mía y dejar pasar todo lo que está por venir. Quiero agradecerte cómo has hecho las cosas, si no me querías como había que quererme te doy las gracias por la decisión que tomaste. Sé que me has querido tanto como has podido y ahora sólo veo en ti a un hombre bueno que quiere ser feliz. Te mando luz y amor cada vez que me acuerdo de ti. Perdona si en su momento no lo pude ver.

 Te alegrará saber que estoy bien, me ha costado salir de la tristeza pero estoy mejor que nunca. He asumido que no pudo ser, que no estuvo en mi mano, que tú decidiste irte y que todo está bien. He aprendido a estar sin ti y todo está en su sitio. Ya no me duelen las cosas que no van a pasar, porque por no ser esas van a ser otras. Espero contarte en persona que vuelvo a la universidad tras 20 años, porque como dice el tango es un soplo la vida y 20 años no es nada.

Por último decirte que podría inútilmente esperar una reconciliación, una segunda parte o tal vez un breve encuentro contigo en Madrid una noche de estas, pero dentro de mí sólo deseo que seas feliz de la manera que quieras. Que te dé mucho calor quien tú quieras que lo haga. Y que te cuides mucho”.

Lucía sacó las cenizas de la cajita, las repartió entre sus manos, tomó aire y sopló con fuerza. Las cenizas se posaron brevemente sobre el aire y pronto se disolvieron en el paisaje, formando parte de ese instante para siempre. Pensó en tirar también el anillo al agua, pero se lo volvió a guardar en el bolsillo. “Tampoco hay que exagerar, Lucía” pensó en voz alta. Despertó a la perra y echó un último vistazo. Era un rincón hermoso, había hecho bien. “Vamos Naia bonita, tenemos muchas cosas que hacer hoy”. Las dos guerreras salieron del parque andando con determinación, con la fuerza que da el coraje de haber superado un pasado doloroso y la esperanza de un futuro prometedor.

 

 

HOY OS SUGIERO:

Quiero compartir esta vez un libro y una canción. Ya queda menos para que dejemos volar a Lucia y Juan y se merecen estos dos regalos.

El libro se titula El abrigo de Pupa de Elena Ferrándiz, su mensaje acompañado por ilustraciones no puede ser más hermoso, como el viaje de Lucia hacia el interior.

9788492595563

La canción esta vez nos la trae Bunbury, podrá no gustar a todos pero hace una maravillosa versión de todo un clásico. “Aunque no sea conmigo”

LA BUENA NOTICIA DE LA SEMANA:

Como casi siempre esta buena noticia la descubrí en el telediario de la 2 de Mara Torres, aunque hoy la comparto con vosotros gracias a Euronews. La Asamblea Nacional francesa ha aprobado una ley que prohíbe a los supermercados franceses tirar comida apta para el consumo, esta se donará para diversos fines.

 

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LUCÍA Y JUAN SE DAN UNA OPORTUNIDAD III

Parte tercera y última.

Esta sería la última tarde que vería a Juan en meses. Lucía lo supo antes de que nadie se lo dijera, tal vez como una premonición del alivio que sentiría más tarde. Todo parecía igual a otras veces, pero no era así. Tuvo que esperar por primera vez a Juan en la sala de espera, y esto lo interpretó como un anticipo del fin. “Ya me empieza a faltar del todo”. Pronto apareció disculpándose con ella tímidamente, diciendo que le había traído Pedro en coche. “Pedro, recordó Lucía, nuestro eterno Peter Pan que enlazaba novias, amigas y rollitos de primavera. Nuestro Pedro, que le faltó tiempo para acoger a Juan en su casa y Dios sabe qué puertas estarán abriendo estos dos”. Pronto paró estos pensamientos de golpe, si algo había aprendido estos meses era a tratar a su mente como a un animal salvaje, como un caballo que se desboca y hay que cogerle de las riendas, calmarle y volver a enseñarle el camino, ”por aquí no, bonito, por aquí mejor”.

Al principio de la sesión también parecía que todo seguía igual, la amabilidad del recibimiento por los mediadores, la invitación a sentarse donde más cómodos se sintieran, o los pequeños comentarios triviales del principio para romper el hielo, el momento social le llamaban, pero había algo distinto en el ambiente, algo que no podía explicar, fue para Lucía como el olor a azufre momentos antes de que estalle un volcán.

Los mediadores no tardaron en abordar el tema, pronto les recordaron la sensación que tenían de no avanzar que les comentaron el último día y les transmitieron la necesidad de  hablar con ellos por separado en sesiones individuales. Como tantas otras veces que sugerían algo les dejaron a Juan y a Lucía decidir, tener la última palabra sobre cómo hacer las cosas. Lucía propuso hablar a solas con la mediadora. Los mediadores pronto preguntaron a Juan qué prefería. A él no le importaba hablar con uno de ellos, o con ambos.

 

“Lucía”, empezó hablando la mediadora, una vez que se quedaron a solas, “antes de nada quiero que sepas que todos sabemos que ha sido difícil para ti venir aquí y que todos reconocemos el esfuerzo, pero nos da la sensación de que todavía no estás preparada para llegar a ningún acuerdo. Durante casi todas las sesiones, mi compañero y yo, sentíamos que constantemente volvías al pasado, mientras que Juan miraba siempre hacia el futuro. Así es imposible que os encontréis, sois como dos líneas paralelas. Habría que encontrar un punto donde coincidáis y este es el presente. Es imposible que adoptes ningún acuerdo justo para ti y justo para Juan si no estáis en igualdad de condiciones. Que ambos hayáis asumido que se ha acabado y que hay que caminar y cerrar esa etapa de vuestra vida

“¿Lucía quieres contarme algo en especial? Antes de nada quiero recordarte que si tú quieres que esta sesión individual sea confidencial, lo que hablemos no saldrá de aquí”.

No podría recordar nítidamente todo lo que contó a la mediadora en la intimidad, sin la atadura de tener a Juan delante, pero sintió un inmenso alivio al ser simplemente ella, al compartir lo que llevaba guardando todas las sesiones anteriores, escondiendo debajo de la manga el inservible as de las segundas intenciones.

Así reconoció que tiraba para atrás todas las propuestas de Juan para castigarle los primeros días, incluso si estas eran beneficiosas para sus intereses. Muchas veces actuaba así siguiendo el consejo de su madre, pretendiendo castigarle sin acuerdo en mediación e iniciar batalla en los juzgados. Pero a medida que avanzaban las sesiones vio que alargar el momento de llegar a un acuerdo era la única manera de arañar un poco más de tiempo, de no acabar del todo con su matrimonio, por eso incitaba a veces a que se envolvieran en temas por los que no había que llegar a un acuerdo, para alargar la mediación, para evitar afrontar los temas por los que estaban allí, para que eso no acabara, porque mientras hubiera mediación su historia con Juan no acababa del todo. Los mediadores intentaban inútilmente reorientar el tema pero Lucia no colaboraba. Este era el último hilito que le unía a Juan y no quería cortarlo. Cortarlo significaría volar sin red, perderle y tener que encontrarse con ella y no sabía ni por dónde empezar.

Y fue la mediadora, de quien el primer día pensó que sería su cómplice para abrir los ojos a Juan quien acabó ayudándola a abrir los suyos.

“Entiendo cómo te sientes Lucía, es normal que todavía te duela, pero no con la intensidad del primer día. ¿Has pensado en alguien que te ayude a superarlo? ¿A intentar pasar página con la ayuda de un profesional yendo a terapia, por ejemplo?”

Buscó en su mente una referencia, algo que le diera paz, y como siempre que así era volvió Elena a su mente. Recordó cómo ir a terapia le ayudó a cambiar, a cambiar su manera de ver las cosas, de tomar decisiones de otra manera. De tener más calidad en su vida y en sus relaciones. Y un alivio denso y cálido le invadió los huesos. Si lo que estaba por venir le daba pánico, el haber descubierto sus cartas y dejar de fingir le dio la paz que necesitaba.

Por eso, cuando nuevamente se reunieron todos, no balbuceó al pedir para ella el turno de palabra. Agradeció a todos la paciencia y el cariño que durante estas semanas todos le habían mostrado y con la calma que otorga el ir de cara, simplemente dijo que no podía continuar, que necesitaba tiempo para enfriar los sentimientos, para hacer el trabajo personal que necesitaba para dejar de lado el dolor y pensar con tranquilidad que quería hacer y cuál era la mejor opción para ella. Sólo así llegaría el momento de reconocer que Juan tenía derecho a sentir lo que sentía y volver a sentarse a dialogar.

Juan, por su parte, dijo que no tenía prisa por hacer nada concreto con la casa, que prefería que Lucía se tomara el tiempo necesario, que llegar a un acuerdo con prisa y que fuera el motivo de un conflicto futuro. Que pensara con tranquilidad si prefería que la vendieran, alquilarla, comprarle su parte, subrogar la hipoteca… cualquier opción que les dejara tranquilos a ambos.

Los mediadores cerraron esta última sesión, como siempre, dándoles las gracias por compartir su historia y su esfuerzo con ellos. Y les invitaron a volver cuando quisieran para retomar su mediación. Siempre tendrían este espacio para ellos.

Lucía no recordó por mucho tiempo si se despidió de todos, si besó, abrazó o por el contrario ignoró a Juan. Salió de la sala como si estuviera haciendo equilibrios sobre un puente colgante, donde intercalaba los zapatos del miedo al vértigo con los de las ganas por avanzar, pero sabiendo que, aunque temblando, estos primeros pasos hacían el camino.

Se perdió por la ciudad sin rumbo fijo y acabó dando con su cuerpecito cansado en un banco, donde pronto varias palomas se arremolinaron a sus pies. “Lucía, hermosa”, se dijo a sí misma, “tienes dos opciones: seguir así, alimentando este dolor, miguita a miguita, como a las palomas, o decir basta, acabar con el papel de víctima y empezar a tomar las riendas de tu vida”. Y entonces una frase que dijo Juan el día del cambio de sillas se posó sobre ella como si fuera un pájaro que la guiara; “sé que eres una mujer fuerte y que te esperan cosas maravillosas, no sólo porque te lo mereces, si no porque harás lo posible para que así sea”

Cogió el teléfono y marcó. “Hombreeeee, por fin”, dijo casi gritando de alegría Elena al oír el número de teléfono que le pedía Lucía, “bienvenida al universo de los valientes. Este es el mejor regalo que puedes hacerte, te deseo que disfrutes del apasionante, aunque a veces doloroso, viaje hacia el interior de ti misma. Se llama Miriam, apunta 639….”

Continuará.

 

 

Hoy os sugiero:

The Blower’s Daughter de Damien Rice

Si tuviera que elegir sólo diez canciones de toda la historia de la música no dudaría en que esta, que hoy os sugiero, sería una de ellas. Supongo que muchos la conoceréis por la intrigante película “Closer”, cómo olvidar a Natalie Portman andado por Nueva York bajo sus notas. Quiero compartirla hoy con vosotros para que reflexionemos juntos acerca de cuando no podemos apartar la mirada de sólo un ser que puebla la tierra y nos perdemos todo lo demás, como Lucia, hasta este momento, con Juan.

 

La buena noticia de la semana:

Últimamente he cogido la buena costumbre de ver por la noche el telediario de Mara Torres, La 2 Noticias, no sólo me gusta su estilo contando la realidad, sino que agradezco siempre las pinceladas de esperanza que nos regalan con las noticias positivas que cada día se esfuerzan en encontrar. Hoy quiero compartir con vosotros la de Mieko Nagaoka, que empezó a nadar con 80 años para rehabilitarse una rodilla y hoy con 100 años la tenemos batiendo records. Me encantan estas noticias del “Nunca es tarde”

 

Un abrazo a todos.

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LUCIA Y JUAN SE DAN UNA OPORTUNIDAD (II)

Segunda parte.

Esa tarde empezó hablando la mediadora. “Lucía, Juan: llevamos varias sesiones trabajando juntos y como siempre queremos agradeceros vuestra generosidad por compartir vuestro esfuerzo con nosotros. Tanto Miguel como yo vemos que estáis los dos haciéndolo muy bien y habéis avanzado mucho desde el primer día, pero en las últimas sesiones tenemos la sensación de que nos hemos estancado. Quizás somos nosotros y, en este caso, sería bueno que nos dijerais qué necesitáis, si estáis a gusto o si queréis que cambiemos algo, ya sabéis que éste es un espacio abierto en el que cabe toda sugerencia”.

“Por mi está todo bien, estoy bien”, dijo Juan.
Lucía opinó lo mismo.

“¿Qué os parece si hoy hacemos algo diferente, por ejemplo un juego?
Lucía y Juan aceptaron, como siempre que se hacía algo diferente.

“Bien, vamos a levantarnos todos”, dijo Miguel, el mediador. “Vamos a movernos un poco por la sala, como para cambiar un poco el ritmo y el espacio, que entre un poco el aire que todo lo limpia y vamos todos a cambiar de silla, ¿os parece? Los mediadores nos cambiaremos de sitio entre nosotros y vosotros también. El ejercicio consiste en que cada uno se comporte como el que estaba sentado en la silla contraria. Que diga lo que se supone que el otro piensa, lo que siente durante este proceso de mediación”.

“¿Quien quiere empezar?”
Lucía se ofreció sin pensarlo, esa tarde se sentía con fuerzas y no lo dudó.

“Bueno….”, titubeó Lucía en un principio. “Yo, Juan, tengo la intención de hacer las cosas bien, pero también tengo ganas de acabar cuanto antes con esto. Bien es cierto que no quiero hacer ningún daño a Lucía, pero tengo ganas de empezar con mi nueva vida. Me ha costado mucho tomar esta decisión y voy a luchar por todo lo bueno que merezco. A veces siento que Lucia es un lastre que me ha impedido hacer muchas cosas y ahora es mi momento. Si durante la mediación mi actitud es siempre flexible y le ofrezco llegar a acuerdos realmente beneficiosos para ella y no tanto para mí, es porque no quiero ser el malo de la película ya que he sido yo quien ha roto lo nuestro. Por lo menos portarme ahora como un caballero”.

“Juan”, dijo la mediadora, “es tu turno, recuerda que estás sentado en la silla de Lucía”.

“Yo, la verdad”, dijo Juan, intentando hablar de la manera que lo hacía Lucía, “no sé muy bien qué pensar, nunca lo he sabido del todo y ahora menos porque no tengo fuerzas. Hay una pequeña parte de mí que quiere llegar a un acuerdo con Juan y quedar incluso como amigos. ¿O no? Tampoco sé si eso sería bueno, casi todo el mundo me dice lo contrario y no sé qué hacer. No sé lo que quiero realmente, si quiero alargar esto para no enfrentarme a la realidad o cerrarlo por fin. Mi vida se ha roto y demasiado que estoy aquí.”

Todo se quedó en silencio, un silencio incómodo que ninguno de los mediadores quiso romper de inmediato, porque a veces es necesario que salga a flote lo que no cuentan las palabras. Era la primera vez que Juan miraba a Lucía perplejo. Estaba enfadado e incómodo por primera vez. Lucía en cambio no levantaba la mirada del suelo. Los mediadores propusieron que todos volvieran a sus sillas.

“Juan”, dijo Miguel, “¿qué has sentido viéndote con los ojos de Lucía? Me he visto como un egoísta, parece que ella piensa que no tengo derecho a rehacer mi vida, y que todo lo que hago con buena intención lo traduce en quedar bien”.

“¿Quieres decirle a Lucía como te sientes?
Lucía siento tristeza, -añadió Juan- sé que te he hecho daño dejándote pero ninguno de los dos merecía seguir así. Yo te quiero mucho y precisamente por eso tomé la decisión de no fingir más y por eso también estoy intentando ahora hacer las cosas bien. Me da pena que no lo veas así.

“Lucía, ¿quieres decirle algo a Juan?”
Lucía no pudo mirarle a los ojos como había hecho él mientras hablaba. Sólo acertó a decir que se sentía paralizada desde la tarde que él se fue y que era pronto para verle de otra manera. “Todavía no puedo Juan, todavía no puedo”

“¿Quieres un vaso de agua, Lucía?, ¿estás bien si seguimos?
Si, por favor estoy bien”, dijo tímidamente.

“Cuéntanos entonces como te has visto tú, Lucía, cuando Juan estaba en tu silla” dijo la mediadora.
“Me he visto muy mal, tan débil. Pasaba de una opinión a otra, sin personalidad. Debo de ser muy pequeña a sus ojos”.

“Quieres decirle algo a Juan?
Sí, que no me gusta que me veas así… yo lo estoy pasando mal, pero sabes que saldré de esta… con el tiempo”.

“Juan, ¿quieres decirle algo a Lucía sobre lo que acaba de decir?
A mí me gustaría explicar que yo te veo ahora débil, ante esta situación, porque sé que no es lo que habías pensado para nosotros, para ti. Pero sé que eres una mujer fuerte y que te esperan cosas maravillosas, no sólo porque te lo mereces, si no porque harás lo posible para que así sea”.

El mediador, por su parte, quiso volver a una frase que dijo Lucía, “me ha llamado la atención que dijeras que debías ser muy pequeña a los ojos de Juan. Nosotros pensamos que nadie es pequeño o grande, las personas nos mostramos fuertes o débiles en según qué situaciones, y es normal que ahora te sientas así. Todos necesitamos tiempo para adaptarnos a las nuevas situaciones y tú estás haciendo tu parte. Viniendo aquí lo estás demostrando.”

Los mediadores, para finalizar, les agradecieron la participación en el ejercicio y se dispusieron a cerrar la sesión. “Muchas gracias a los dos por vuestra predisposición de siempre, vemos que sois dos personas que se han querido mucho, que ese cariño permanece y que se traduce en la intención de hacer las cosas bien y no hacerse daño”.

Cuando Lucia y Juan se marcharon los dos mediadores se quedaron solos en la sala hablando de la sesión y decidieron empezar la siguiente proponiendo un caucus para cada uno de ellos. Querían hablar con Lucía a solas y esa era la mejor forma de hacerlo. Abrieron las ventanas y volvió a entrar el aire. En un rato entraba la siguiente pareja y el espacio tenía que limpiarse y dejar sitio a sus nuevos dueños.

Continuará.

Hoy os sugiero:

El libro ‘El amor inteligente’  de Enrique Rojas, Catedrático de Psiquiatría en Madrid. Nos dice el autor que en el tablero de la psicología juegan al ajedrez los sentimientos y la razón, arbitrados por la cultura. “Para estar con alguien es preciso estar primero con uno mismo”.

La buena noticia de la semana:

Hoy quiero compartir con vosotros un anuncio que seguro que ya habréis visto.

No es mi intención hacer publicidad y menos de una empresa que no lo necesita. Pero quiero contaros que, como mediadora, tengo un sentimiento agridulce, por un lado la alegría que de por fin en un medio, como es la publicidad, se contemple la figura del mediador en la resolución de conflictos y por otro lado las ganas de ponerle un pero: el mediador no da ninguna llave, como ya os he comentado muchas veces, él no tiene la solución, como se da a entender en el anuncio, simplemente ayuda a que las parejas o personas en un conflicto encuentren su propia solución. Pero el anuncio está muy simpático y me quiero quedar con eso.

Un abrazo a todos.

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LUCIA Y JUAN SE DAN UNA OPORTUNIDAD

Parte primera.

Tenía que ser un jueves, el día de la semana que marcó tantas cosas en su relación. La primera cita, la primera vez. El inicio anticipado para ellos del fin de semana. Los jueves luego, donde él no perdonaba la reunión con los colegas y donde ella también, al principio, tenía cena de chicas y poco a poco dejó de ir. Y los últimos jueves en los que, poco a poco, Juan se le escurría de las manos como si fuera arena, como el agua del río de un verano que no quieres que acabe nunca.

Y ahora estaban, sentaditos los dos, tan cerca y tan lejos, en la sala de espera de un gabinete de mediación. Juan le ofreció, para que ella no desconfiara, ya que fue él quien propuso  ir a mediación, la posibilidad de elegir dónde. Le contó que podía elegir un mediador de diversas asociaciones, la madrileña o la española, elegir un gabinete privado o acudir a un CAF. ¿Un CAF? Siglas que hace apenas un par de meses no tenía ni idea de su significado. Pensó que acudir a un Centro de Apoyo a las Familias, donde la mediación era gratuita, sería engrosar la lista de espera u ocupar el sitio de una pareja que lo necesitara más que ellos. Y, por ahora, no había problemas en asumir el pequeño gasto que supondrían las sesiones de una mediación privada. Días antes de tomar una decisión llamó a Marcia, su ex cuñada, y, tras hablar con ella, no dudó en pedir cita en el gabinete donde acudieron, sus hasta entonces cuñados, cuando decidieron separarse.

Sintió curiosidad de cómo lo habían hecho. Cómo habían logrado, por ejemplo, seguir celebrando todos juntos los cumpleaños de los sobrinos de Juan y no hacer dos cumpleaños para cada niño por separado, como hacían otros padres enemigos declarados. “Normalizar porque seguimos siendo una familia, vivimos de una manera diferente, pero somos la misma familia, decía Marcia, por el bien de los niños y de nosotros también por consiguiente”. Normalizar… qué fácil suena y qué difícil contener el impulso de tocarle, de atusarle el pelo. De preguntarle, “Juan ¿qué mierda estamos nosotros haciendo aquí?” Recordó una canción de Kiko Veneno, ‘La Casa Cuartel’. Y sólo quiere irse muy lejos, cogerle de la mano y salir corriendo. Deseó agitarle la cabeza como una coctelera y que se esfumaran esos planes que tenía sin ella. Resetearle por dentro y volver a colarse ella.

Pronto les recibieron dos mediadores, un chico y una chica, y sintió cierto alivio. Juan podría así no encontrase solo, acorralado y culpable con tres mujeres, habiendo destrozado la vida a una de ellas. Lucía, por su parte, tuvo que reconocer que vio en la mediadora a una posible cómplice, siendo mujer podría hacer a Juan entrar en razón. ¿Quién le iba a querer más que ella? ¿Qué podría esperarle en un futuro incierto que fuera mejor que su calor, que su casa… que ella?

La primera sesión fue un relámpago para Lucia, los primeros minutos mantuvo la mente en su sitio cuando los mediadores por turnos explicaban con claridad dónde estaban y cómo se desarrollarían las sesiones. También entendió que la figura de los abogados era complementaria a la mediación, ya que podían contar con su asesoramiento en todo momento, así como al finalizar para la redacción del acuerdo y su ratificación ante un juez. Pero cuando los mediadores les preguntaron en qué podían ayudarles, qué necesitaban y quién quería empezar a hablar Lucia se rompió y la noción del tiempo desapareció. Juan, sin embargo, mantenía la serenidad de siempre y fue el único de los dos que pudo hablar con tranquilidad de la casa, de la hipoteca y las cuentas que tenían hasta ese momento en común. “Le ayudaría la frialdad que le da el haber cerrado la puerta conmigo dentro. La casa que fue nuestra ilusión, éramos como dos pajaritos ramita a ramita creando su nido”, pensó Lucia. Entonces vio los juguetes. Pensó que en el fondo tenía suerte, sólo tenían que repartir una casa y no el tiempo que se va a pasar con los niños. Más adelante preguntó por qué en la sala había juguetes y mesitas y sillas de niños. El mediador le contó que a las parejas con niños les invitan a que los traigan a las sesiones, porque no sólo les ayuda a que se centren en que están allí por ellos, si no que en muchos casos son sólo en esos momentos cuando los niños ven a sus padres juntos, hablando en un clima de tranquilidad. Y eso es bueno para todos.

En una de las sesiones los mediadores les proponen un ejercicio, una lluvia de ideas sobre lo que pueden hacer con la casa…. “no os ciñáis a lo normal, a lo que se suele hacer. El ejercicio consiste en decir hasta cosas disparatadas, para que se abran caminos, nuevas posibilidades que aún estando dentro de la legalidad no hayáis sopesado”. Juan no paraba de aportar ideas, pero a ella sólo se le ocurría…. “volver allí los dos, volver allí los dos, cerrar la puerta, tirar la llave y que Juan no pudiera salir”. Pareciera que todo el mundo en esa sala mirara para adelante y ella estaba dada la vuelta, mirando ella sola hacia atrás.

Y, muy al contrario de cómo pensaba antes de ir, no sintió ninguna vergüenza cuando el llanto volvía a aparecer, ni pudor cuando salían intimidades o cosas muy privadas y se ponían encima de la mesa con absoluta naturalidad. No se hubiera aguantado ni una sola de las lágrimas, porque el alivio era inmenso ante estos dos extraños, ni un juicio, ni una opinión, sólo comprensión y ayuda. Ni una frase de lo que debían hacer como todos sus conocidos hacían, ni un “ya te lo dije”, o “lo sabía” o “lo que tenéis que hacer es”. Sintió que les acompañaban en ese momento de su vida, a los dos por igual, como si les cogiesen de la mano a ambos.

Continuará….

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Hoy os sugiero:

La película de Jim Carrey y Kate Winslet Olvídate de mí, cuyo título original es ‘Eternal Sunshine Of The Spotless Mind’.

Cómo quisiéramos muchas veces que una organización secreta nos borrara los recuerdos e hiciera ese trabajo por nosotros. No sólo es una buena película, si no la oportunidad de ver a Jim Carrey sin el registro de siempre. Y convence.

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La buena noticia de la semana:

Ahora que estamos todos locos por la cocina está a punto de celebrarse la tercera edición de ‘Soul Food Nights’ el próximo 16 de Marzo en Madrid, serán cenas simultáneas en diversas tiendas donde participarán reconocidos cocineros. Los fondos recaudados irán para Acción Contra el Hambre, destinándolos para las familias refugiadas del Líbano.

http://www.europapress.es/epsocial/rsc/noticia-rsc-reconocidos-chefs-cocinaran-tiendas-moda-madrid-recaudar-fondos-accion-contra-hambre-20150302134502.html

 

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SIN TI NO SOY NADA

SIN TI NO SOY NADA.
Mi mundo es pequeño y mi corazón pedacitos de hielo.
Mi alma, mi cuerpo, mi voz no sirven de nada… porque yo sin ti no soy nada.

Amaral.

 

Lucía en un primer momento tembló, más tarde no sintió nada. La puñalada había sido certera, no falló. Tenía delante a Juan y había que reconocer que lo estaba haciendo bien. Eligió un buen momento, sentados, hablándole con tranquilidad y explicándole sus razones, le estaba despidiendo de su vida. Tiernamente cogía sus manos, incluso le ayudaba a limpiar su lágrimas. Su aturdida mente voló a todas esas veces en que muchas amigas se habían quejado de la forma en que no las habían dicho adiós. Whatsapp o mensajes que se quedan en el aire sin responder, cafés para hablar que se quedan fríos porque nunca llegan, mil maneras de irse sin dar la cara, de espaldas, como los cobardes. Y pensó que hasta para despedirse hay que tener estilo y su Juanito, su media mitad desde la universidad, su todo, acertó con las palabras, como siempre.

“Lucía, sabes que te quiero mucho, eres muy importante para mi, pero desde hace muchos  meses eres sólo para mí una amiga, una compañera y tú no te mereces esto… además yo también necesito hacer cosas nuevas… cosas nuevas sin ti”.

SIN TI. Ya no habrá nosotros, ya no hay yo, lo poco que queda de mi se va con él detrás de esta decisión.

Más tarde fue como el deshielo, capa por capa el hielo del descrédito fue cayendo y dejó paso a un zombi andante. Llevaba la tristeza encima como quien lleva un abrigo pesado y viejo pero del que no quieres desprenderte, como un luto autoimpuesto que solo tú pones de moda esta temporada y quizás la siguiente y la siguiente. Todos los días sacaba a la calle a pasear su tristeza como quien saca a un perro. Un lunes la llevó en metro al dentista, el fin de semana la dejaba conducir su coche por ella, y siempre en línea recta, como su vida, hacía ninguna parte.

Los viernes por la tarde la ciudad estaba llena de gente que se reencontraba tras la semana, los bares estaban llenos. Cuando llovía deseaba que esa lluvia se colara dentro de ella y le limpiara por dentro, que borrara ese dolor. Quería abrir la puerta de la ciudad y salir corriendo, escapar. Pero en dirección contraria al Juan de ahora, al Juan con su vida nueva sin ella, y se daba de bruces con la inutilidad de pensar en la posibilidad remota de que todo haya sido un mal sueño y estuviera todo como antes. Sé que estoy huyendo, se decía. Huyendo de mí, y que no sirve de nada. Irremediablemente me llevo conmigo.

Una de estas tardes fue la tarde en que llamó Elena. Su siempre incondicional Elena, la única que permanecía del grupo de amigas al que poco a poco fue abandonando por Juan. Siempre todo por Juan. Quedándose con poco de ella por todo lo de Juan. Y como otras veces pareciera que oliera su pena y se adelantaba a llamarla, como esas historias de hermanas gemelas que sienten el dolor de la otra a miles de kilómetros de distancia.

“Soy como un pueblo asolado por la lava… no ha quedado nada con vida”, le decía Lucía. “Date tiempo”, le repetía Elena casi como un mantra, “debajo de la tierra hay vida, ya verás cómo crecen flores hasta en el infierno”.

Recordaron juntas cuando Elena le decía: “cuando todo tu universo es sólo una persona, ¿qué te queda si se va? Piénsalo, tarde o temprano se irá, aunque llegarais a viejitos uno de los dos se irá, ¿y qué harás? ¿Irte detrás como estás haciendo ahora o después del disgusto tirar p’alante y seguir disfrutando del universo que tenías sin él? Qué sano es tener diversas parcelitas, no sólo porque las que tú tienes sola enriquecen la que compartes con una pareja, si no porque si esta desaparece te quedan las otras. ¡¡¡Cuánto daño ha hecho el príncipe azul de los… cuentos!!! Si es que habría que descongelar a Walt Disney y decirle dos cositas”.

En poco menos de dos semanas Juan volvió a casa a por sus cosas, con las que Lucía a veces hablaba, se ponía su ropa y exprimía su ausencia hasta el límite, dando vueltas y vueltas a los recuerdos como un hámster en su rueda. Sabía que estaba perdiendo la cabeza, pero eso le hacía tocar fondo, bajar hasta el infierno más profundo, agotarse y acabar por fin durmiendo, al menos esa noche, del tirón. Y fue tan extraño que no abriera con sus llaves, escuchar el timbre y abrirle la puerta de la que seguía siendo, sobre todo para ella, su casa. La casa sobre la que ahora había que decidir qué hacer. Y se lo esperaba, que Juan no sólo viniera a por lo que se dejó el día de su educado adiós. Quería hacer las cosas bien, evitar la guerra entre ellos y le habló de la posibilidad de ir los dos a mediación, como hizo su hermano cuando se separó y tuvieron que decidir cómo se organizaban con los niños y qué hacían con todo lo que tenían a medias. Como ellos, ellos que nunca pensaron que les iba a pasar, y les pasó.

Le pidió unos días para pensar, para comentarlo con los suyos, pero pronto la jaula de grillos de las opiniones ajenas le acabó por aturdir. Su madre fue la primera en empuñar el hacha de guerra, “lo sabía, siempre supe que dejarle tanta libertad te iba a pasar factura, ahora se irá con una de 30, ¿dónde vas a ir ahora? Si por lo menos hubierais tenido un hijo. Y ahora el muy jeta te dirá de vender la casa y cada uno por su lado. De eso nada, la casa te la quedas tú. Eso si no tiene ya otra y la quiere meter allí”.

Sabía que las opiniones de los demás la guiaban, era como una marioneta. Pero esta vez iba a dejarse ayudar por la más conciliadora, y esta era, como siempre, la de Elena: “os vendrá bien hablar con un profesional, con alguien que no os conoce, que no os va a prejuzgar. Por intentarlo no pierdes nada”. Y temblando, como todo empezó, cogió el teléfono y marcó… “Hola Juan, soy yo… Lucia. ¿Cuando quieres que vayamos a eso de la mediación?”.

Continuará…

 

Hoy os sugiero:

La comedia dramática argentina, ‘No Sos Vos, Soy Yo’.

Cómo el dolor por una ruptura sentimental nos convierte, a veces, en caricaturas de nosotros mismos. De la necesidad de dar carpetazo al dolor y buscar la salida. Y de lo bueno que nos espera al final.

 

 

Buena noticia de la semana:

http://www.europapress.es/epsocial/fundaciones/noticia-fundacion-inicia-valencia-programa-animacion-lectora-asistida-perros-ninos-discapacidad-20150217121102.html

La Fundación Acavall, “Terapia, Educación y Ocio asistidos con animales” cuyo lema es “Personas y animales juntos para hacer sonreír al mundo” con el apoyo de la Concejalía de Bienestar Social y la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Valencia, llevarán a cabo 104 talleres gratuitos para acercar a los niños con y sin discapacidad a la lectura. Para este bonito proyecto cuentan con la ayuda de los perros de terapia de la Fundación que actuarán como animadores a la lectura.

 

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AQUÍ Y AHORA

 

“Hoy es siempre todavía”
  Antonio Machado

Hola a todos de nuevo. En nuestro anterior post hablamos de los principios de la Mediación y he de reconocer que os atiborré de conceptos, por eso hoy quiero cambiar el paso, como os proponía la primera vez. Quiero compartir con vosotros mis últimas dos semanas.

Dentro de apenas siete días cambio de casa y de vida, y antes de empezar con la temida mudanza leí lo que de esta dicen mis compañeros los psicólogos, que está dentro de las tres situaciones que generan mayor estrés, después del duelo y de un despido. Por el agotamiento físico, el cansancio mental y emocional que provoca. Y que, con frecuencia, sus consecuencias son la ansiedad latente, el estrés o la depresión. Me quedé ojiplática y no di crédito. ¿Cómo iba yo a sentirme así, si no quepo en mí de felicidad? Pero a los pocos días de enredar, clasificar y andar a saltos entre cajas y viajes al punto limpio…claudiqué. Tuve que reconocer que mi mente no se centraba y viajaba en zigzag entre el pasado y el futuro. De los recuerdos apilados en cajones saltaba a imaginar la casa por estrenar. Pronto la gripe hizo acto de presencia y aún así no me permití parar. No quise ver a nadie, era mi momento de despedirme de esta casa, de los diez años que he vivido aquí y supe que estaba haciendo las cosas mal. Tuve que parar y respirar, para tomar conciencia de lo que estaba haciendo y de lo que estaba sucediendo.

Me invadía la prisa por que pasaran los días  y estrenar la vida en pareja en la casa nueva y no estaba disfrutando ni dando su tiempo al momento preciso. Me dije, “disfruta de cada caja que embales, si estás embalando, estás embalando!!”  Y tómate tu tiempo con cada recuerdo. Quédate con los bonitos y a los dolorosos dales las gracias por lo que aprendiste de la experiencia, porque te han ayudado a ser quien eres hoy, luego abre la puerta y di adiós. Dicen que crecer es aprender a despedirse y eso hice. Tirar lo viejo para dar paso a lo nuevo. Me di cuenta de la cantidad de cosas inútiles que acumulamos, que no hacen más que ocupar un lugar que ya no les pertenece, ya pasó su tiempo. ¿Acaso nos pasa lo mismo en nuestra mente?  ¿Acumulamos también basura emocional? ¿Tenemos también un rincón oscuro lleno de pensamientos paralizantes y castradores de experiencias positivas futuras porque una vez salieron las cosas mal? ¿Estamos en el presente o pasamos más tiempo en un posible futuro desolador?Decía Michel de Montaigne “ Mi vida ha estado llena de terribles desgracias, la mayoría de las cuales nunca sucedieron”

 Y pienso en el día a día, y en la asombrosa capacidad que tengo de convertir el coche o la ducha en máquinas del tiempo, del pasado al futuro y tiro porque me toca, pero ni una parada en el momento presente. Mi mente se convierte en una lavadora que centrifuga por enésima vez recuerdos ya trillados, los que yo sola he reducido a una versión subjetiva…ha pasado tanto tiempo que apuesto a que lo que ha quedado en mi cabeza dista mucho de la realidad. Y siento que mi pulso se acelera, me pueden los nervios porque siempre voy con prisa, queriendo llegar a la vez a diferentes sitios, y en esto se pasa la vida. Cuando el camino es la clave. Se me ocurre que necesito observar más a los niños mientras  juegan y aprender de ellos. ¿Habré perdido esa capacidad que tenía niña de estar concentrada y disfrutando del momento? Este será mi propósito mis últimos días de mudanza, disfrutar jugando a las casitas.

Vivamos el presente, es lo único real que tenemos.

 

La buena noticia de la semana:

He de reconocer que últimamente me cuesta encontrar buenas noticias publicadas, pero he encontrado un periódico digital donde sólo se ocupan de ellas. www.sonbuenasnoticias.com. Diario de información positiva.

Como ellos mismos nos cuentan son noticias de solidaridad y concordia, progresos científicos y tecnológicos, actividades humanitarias y buenos datos económicos, así como acuerdos políticos y sociales.

Hoy quiero compartir esta noticia sobre como los abrazos nos protegen del estrés.

http://www.sonbuenasnoticias.com/destacado/los-abrazos-protegen-frente-los-efectos-nocivos-del-estres/

 

Hoy os propongo:

Libro

“La inutilidad del sufrimiento” de la psicóloga María Jesús Álava Reyes. En este libro nos intenta ayudar a reconocer hábitos, conductas, y costumbres que repetimos casi sin darnos cuenta, nos parecen inevitables de modificar y hacen que nos sintamos mal. Nos explica también como los pensamientos controlan las emociones, ya que son previos a estas y nos ayuda a poner la mente a nuestro favor.

 

¡¡¡Un abrazo anti estresante a todos!!!!

 

 

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LOS PRINCIPIOS DE LA MEDIACIÓN

Hola de nuevo a todos, futuros mediadores. En el anterior post hablamos de la primera sesión y de las reglas del juego, y hoy  le toca el turno a los principios que rigen el proceso de mediación.

Allá vamos, pues:

Ya dijimos que acudir a mediación tenía que ser de forma voluntaria, y también de ésta manera, se puede desistir en cualquier momento. Estas dos circunstancias, y las ofertas de negociación que se planteen durante el proceso, no tendrán efectos si algún día llegaran a juicio. Ni tendrán consecuencia alguna. El mediador deberá, o bien no iniciar el proceso, o bien paralizarlo una vez iniciado, si existiera violencia.

Un segundo principio igual de importante es el de la Igualdad de las partes. Es esencial que las personas que acudan a mediación se encuentren en igualdad de condiciones, ya que para intentar lograr el acuerdo más equilibrado posible, deben hablar con libertad, se deben encontrar cómodos, pidiendo lo que necesitan y se reconozcan uno al otro el derecho a pedirlo. El mediador, si encuentra desequilibrio entre ellos, deberá empoderar a la parte más débil, darle su sitio, y así equilibrar el poder, balanceándolo.

El mediador ha de ser imparcial. No hará juicios de valor sobre la actuación de cada uno en el conflicto, no le corresponde juzgar quién lleva, o no, la razón. Entendemos que cada uno tiene la suya y que existen personas y circunstancias, y que, en base a ellas, cada cual vive y siente la historia a su manera,  sólo actuará como canalizador de la comunicación y del proceso. El mediador deberá, o no iniciarlo, o abandonarlo, si existe alguna circunstancia que vulnere su imparcialidad, como relación alguna con las partes o conflicto de intereses.

El mediador también ha de ser neutral. Debe respetar las opiniones y actuaciones de los mediados, así como el resultado de su negociación. Pero vigilará que éste no vulnere ningún derecho, sobretodo de menores y personas dependientes y que se ajuste a derecho. Para vigilar que estos últimos principios se respeten muchos despachos o gabinetes de mediación optan por la co-mediación, dos mediadores de forma conjunta acompañan a las partes en su proceso, otras veces, depende del despacho, son varios mediadores que van rotando.

Y por último quiero hablaros de la confidencialidad. Todo lo que se hable en las sesiones, así como la documentación que se utilice, es confidencial. El mediador, que queda protegido por el secreto profesional, las instituciones de mediación y las partes, no pueden estar obligadas a declarar o a aportar esta documentación en un procedimiento judicial. Las partes no pueden citar al mediador como testigo o perito en un juicio. Excepto cuando lo soliciten de manera expresa y escrita, o sea solicitado por los jueces del orden jurisdiccional penal, mediante resolución judicial motivada, en casos de delito grave o abuso de menores.

Y hasta aquí la teoría, no quiero cansaros con demasiados conceptos y que dejéis de estar por aquí. Además por un momento he creído volver a estar en plena clase de derecho y no es mi intención aburriros.

Hoy también quiero contaros que, en ocasiones, se llevan a cabo sesiones individuales o también llamadas “caucus”. Los mediadores las utilizamos cuando no se avanza, cuando parece que hay algo en el aire que no acaba de ponerse encima de la mesa y está impidiendo que se desarrolle el proceso con normalidad.

Si una sesión de mediación dura de 60 a 90 minutos los caucus no durarán más de 30 minutos, y siempre otorgando la misma cantidad de tiempo a cada uno de ellos. Si, por ejemplo, vemos que ella necesita ese espacio y tiempo a solas con el mediador, debemos darle lo mismo a él. En ese momento de intimidad sale el dolor, sale a veces otra verdad distinta a cuando no está la otra parte delante, sale la vergüenza, la debilidad, la rabia contenida. Todas esas emociones, como explicamos en el post anterior, debemos gestionarlas, así como la información nueva y contada por sólo uno de ellos, no nos debe hacer mirar a la otra parte con prejuicios y de otra forma distinta.

En la primera sesión siempre explicamos la posibilidad de estas sesiones individuales, y ponemos énfasis en que son confidenciales. Pero si alguno de ellos nos pide que lo hablado se transmita cuando volvamos a estar todos juntos, esa confidencialidad es flexible.

La semana pasada uno de vosotros me preguntaba si la mediación era eficaz para casos entre padres e hijos, y aparte de agradecer la invitación al diálogo y a querer saber más, he de decir que siempre que se tenga la voluntad y la buena fe de sentarse a hablar, ya se gana mucho. A mediación no sólo se acude para llegar a un acuerdo tras una ruptura, la vida en familia, sobre todo cuando hay adolescentes o personas mayores que requieren una organización para su cuidado, nos hace ver la necesidad de conciliar posturas que favorezcan la convivencia. Por ejemplo, con adolescentes se puede acudir a la mediación intergeneracional y llegar a acuerdos sobre las horas de salida, el tiempo que se empleará y las condiciones en el uso del móvil, de las redes sociales y todas las situaciones susceptibles de acabar en conflicto. Y es eficaz no sólo por eso, sino porque también estos se sienten escuchados, valiosos porque su opinión es importante y alcanzan madurez y responsabilidad porque han participado en los acuerdos.

De todas formas corresponde al mediador estudiar cada caso y derivarlo a mediación o a terapia. Nos detendremos en este punto otro día. Por hoy es suficiente.
La mejor noticia de la semana.
Todos hemos visto el barómetro del 2014 sobre los hábitos de lectura de los españoles que ha presentado el CIS …y como en mediación intentamos siempre tirar de psicología positiva y ver el vaso medio lleno mi buena noticia de la semana es ese 30 % de españoles que leemos todos o casi todos los días de la semana. Podía ser peor.

Por eso hoy sugiero al resto que ponía como excusa la falta de tiempo este libro corto, pero tierno y delicioso.

Un abrazo a todos.

Tardes
Tardes con Margueritte
Marie – Sabine Roger

Una tierna historia que nos puede servir como ejemplo para el entendimiento entre distintas generaciones, gracias al placer de los libros.

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